10.7.19

Algo normal.

Tengo que reconocer que no todo el mundo que me conoce, o me haya conocido,  ha tenido el placer de hacer conmigo algo realmente cotidiano y normal.

No hablo de beber hasta caer borrachos, ni de viajar, ni de ir de concierto, ni de ver una película en el cine, ni de ir a comer a 400 kilómetros de casa, ni de quedarnos dormidos viendo la tele, ni de pintar una habitación, ni de ayudar en una mudanza... Nada de eso. Hablo de ir a la playa.

Ir a la playa y lucir mis bikinis cada vez más coloridos me supone cero esfuerzo. Sigo odiando la arena, sigo odiando quemarme, pero no sé, como que le he pillado el gustillo a notar la brisa en la espalda desnuda, enterrar los pies en la arena húmeda y fresca y de hacer el muerto o el pino en el agua, a merced de las olas.

Tampoco me importa, aunque lo prefiero, ir en horas vespertinas a la costa y meterme en el agua. No tomo tanto el sol, no me quemo, pero me resulta agradable tener el sol a mi espalda mientras miro hacia el mar. La arena, repito, no me gusta, pero la tolero mejor cuando no quema.

Pero por la noche... Ah... Esa arena fría, esa orilla oscura... De noche no me gusta el sonido del mar, me parece inquietante, pero meter los pies en la arena fría, caminar por la orilla, es un placer del que no puedo , ni quiero, prescindir. Y meterme en el agua por la noche supone una delicia que comparto con muy poca gente porque, reconozcámoslo, muy pocos pueden llegar a comprender. Y se hace o no se hace, pero sólo se dice una vez. Tiene que ser dicho y hecho. Quien quiere, lo hace ipso facto, aun sin bañador. 

Tanta excusa de cosas no hechas y tantos planes de algo que no se hace nunca...

Y el amanecer... ah... ese hilillo de luz que recorre el agua hasta mis pies es algo que siempre me gusta ver. La arena congelada y la playa desierta. Todo un lujo.

Bueno, que eso. Que no todo el mundo ha podido venir conmigo a la playa a una de esas horas, y mirad que es algo realmente normal.

Espero seguir sin quemarme este verano. Estoy en racha :D

4.6.19

No te gusta.

No lo reconocerás nunca, pero no te gusta lo que hago, lo que digo, cuanto hago o lo que diga. No te gusta cómo visto ni cómo me expreso.

No te gusta que cuente nada, ni que recuerde algo que me haya pasado. No te gusta que me meta en conversaciones ajenas ni tampoco que me calle cuando quieres tú que participe.

No te gusta que esté callada ni te gusta que siempre tenga algo en qué entretenerme. No te gusta que tenga iniciativa, y menos aún que sea tan observadora como para encontrar defectos o que se me ocurran cosas que mejoraría nuestra vida, porque siempre, siempre, cuando abro la boca, la respuesta es no. Un no rotundo que siempre, siempre, me dices sin mirar y con indignación, como si te estuviera diciendo o pidiendo que me dejes desollar a tu gato mientras me como a tus hijos.

No te gusta que no esté cuando quieres y comentas que dónde me meto, como si tuviera que estar 24x7 a tu disposición, absoluta, plena y servil. No te gusta que te consulte nada, no te gusta que te pida consejo, no te gusta que me vea en algún problema porque das por hecho que yo lo he provocado por mucho que haya gente que te advierta de lo contrario.

No te gusta mi presencia, no te gusta que calle, que hable, que ría o que llore. No te gusta absolutamente nada de cuanto pueda hacer. Y te molesta también que, ante una de tus quejas, te diga que si también te molesta eso. Sea lo que sea.

No sé. Lo mismo no es que te moleste cuanto haga o diga, o lo que me ocurra o me hagan. 

Yo lo tengo claro. Lo que no soportas es a mí.

No lo siento por ti, pero sólo puedo decir que tienes un problema, y tu problema no soy yo.

9.5.19

Derecho de admisión.

Hay un trocito de mí que comparto con mucha gente. Tiene nombre y se llama empatía.

Tal vez durante una época lo consideré como un defecto, porque me involucraba en problemas ajenos que nada tenían que ver conmigo y ayudaba cuanto podía a la persona que los tenía. O escuchaba cuanto dijera, contara, y me daba pena o comprendía lo que me contara, porque pensaba que esa persona necesitaba desahogarse y yo dejaba hablar para que su pena saliera de alguna forma.

Tiempo después vi que mucha de esa genete acababa desapareciendo porque ya no tenía ni problemas ni necesitaba desahogarse conmigo. Fui una herramienta para ellos, eso lo tengo claro. Yo di comprensión, apoyo, ánimos, y me devolvieron silencios y vacíos. Recordemos que cada uno da lo que tiene.

Y como los meses, los años, pasan de forma constante, por muy rápido o muy lento que se nos pase a veces, veo a gente que aparece de nuevo en mi vida, no sé muy bien para qué. Tengo claro que no es para ofrecerme su amistad incondicional porque tiempo han tenido para hacerlo. Pero esta gente aparece de nuevo y yo ya sospecho que es porque quieren algo de mí, y yo hace tiempo que puse derecho de admisión y no me fío ni un pelo de qué quieren ahora o para qué me quieren, porque si digo la verdad, me importa de cero a nada.

Esas alegrías al verte cuando la última vez que nos encontramos fue bastante desagradable porque ya no me necesitaba, o esa falsa euforia para quedar cuando hace meses que no sé nada de estas personas. Que vale, que puede ser que se alegren de verme, ¿por qué no?, pero yo no siento nada por esta gente. Si acaso sentí algo más que empatía el tiempo y el viento hicieron que desapareciera, y no tengo el más mínimo interés de saber de o hablar con ellos. Porque no hay dos sin tres, por supuesto.

¿Dónde estaban en mi mala época? Pues a saber. Pensándolo fríamente es que me da igual. Yo no los necesitaba, a ninguno. Ellos a mí, sí. Todos. Ahí está la diferencia.

Y aquí estoy, rodeada de esa gente que sí estuvo en las buenas y en las malas. Los que me conocen mejor que nadie y ahí siguen. Y son libres de entrar en o salir de mi vida porque tienen patente de corso. Gente con la que con una mirada ya sabes lo que están pensando. Los que saben qué significa que apriete los labios o me aparezca la sonrisa ladeada. Porque ellos sí me importan, y les dejo elegir si estar a mi lado o no. A ellos sí. Sólo a ellos.

Siempre recuerdo la frase de "Si alguna vez quieres a alguien, déjalo marchar. Si regresa, es tuyo. Si no, nunca lo fue". Y la aplico a rajatabla.

Menos a estos que vuelven a por a saber qué. A esos no. Que los aguante su madre.

Ps: En todo este tiempo he visto que realmente no necesito a nadie para sentirme bien y los métodos que utilizan algunos para dar penita o que les hagan casito. Hay un patrón que se repite en todos ellos. Y a mí, que me gusta fijarme en el comportamiento humano, igual que he visto mis defectos, también he visto los de los demás, sacando conclusiones con mis estudios científicos caseros.

Con todo ello no soy más desagradable, todo lo contrario. Y esa despreocupación es la que molesta tanto.

Fuera gente interesada, fuera gente tóxica y fuera gente falsa. Sólo eso. Que los que no aparté ya se fueron solos y no volvieron. Afortunadamente.

8.5.19

Mía, la culpa ha sido mía...

Esta primavera está siendo especialmente dura para cierto entorno mío.

No tienen problemas de salud, ni económicos, ni muertes, tienen familias perfectas, una vida social intensa pero están amargados por a saber qué. Supongo que esa felicidad les sabe a poco.

Lo primero que hacen es andar por la vida con cejas, ojos, nariz y boca en la misma parte de la cara, en un gesto de malhumor eterno. No disfrutan con nada, se agobian enseguida y como no tienen nada mejor que hacer en la vida (recordemos que no tienen problemas) se dedican al deporte nacional: a dar por culo.

Si vas, si vienes, si haces, o con quién. Si estás, si no, si ríes o cantas. Si llevas, si traes, si puedes o no. Si comentas, o si callas, si tú lo sabes y ellos no, o porque no lo sepas. Da igual. El problema eres tú. Su problema eres tú. Y miran con lupa cuanto haces, dices, con quién hablas, dónde vas, si te llevas bien con alguien que les ignora, y hacen cuanto pueden para quedar por encima de ti, como aceite en el mar.

Pues vale.

Ni les hace gracia tus bromas ni les gusta que vayas (por fin) con tranquilidad por la vida, porque ahora se dedicarán ellos a borrarte esa sonrisa de gilipollas que se te pone porque pasó la tormenta y ahora disfrutas de la calma chicha. No comprenden cómo puedes estar tranquila aunque vengan nubarrones, porque siempre se ponen en lo peor que no les ha llegado nunca. Que no puedes tener una vida que no tienen, sólo porque lo deciden, y no les haces caso porque pa qué. Y mantienes la calma que intentan romper y eso hace que se esfuercen más en hacerte sentir mal.

Y no.

Tienen que estar haciendo cuanto saben y pueden para incomodarte, enfrentarte con otras personas, para quedar mejor que tú. Y te da igual. Pero el tiempo no pone a la gente en su sitio, sino ellos mismos se ponen. Y el público ante quien te querían linchar ha visto y comprobado la verdad, en la que lanzaron flechas que no dieron en su objetivo sólo porque con la misma boca con la que pedían favores ahora hablan mal de ti.

Y qué culpa tenemos de ser, de saber, de conocer, de estar, de respirar, de reír, de vivir, de disfrutar, de ocupar un lugar en el mundo que ofrece millones de cosas nuevas por descubrir, de gente interesante conocida y por conocer. Y qué culpa tenemos de que no disfruten de lo que tienen y de lo que podrían conseguir.

Pues la culpa ha sido mía, cantaba Camilo Sesto.

Si soy su problema es porque no tienen problemas, en realidad. Porque considerarme a mí un problema... bueno, a mí se me da muy bien dar por culo cuando quiero, la verdad. Pero es que yo no había hecho absolutamente nada para verme en esto. Y el problema ha sido eso, que yo no quería hacer absolutamente nada con esta gente.

Y siguiendo así han conseguido que yo sea por fin un problema. Su problema.

Y no hay nada en esta vida como hacer algo que moleste a quien le caes mal, a quien ha intentado destrozarte, porque si sin hacer nada ya les molestaba, a partir de ahor, por poco que hagas, le sentará peor de lo que realmente es esa ofensa.

Así que cualquier chorrada es como una afrenta que se tiene que solucionar en un duelo con pistolas.

Y como disparen balas igual que las flechas...

Que eso. Que la culpa es mía.

Y sin mover un dedo, oiga.

22.4.19

Just me, myself and I

Cuando hemos estado compartiendo la vida con otra persona nos acostumbramos a tener siempre a alguien con quien hablar, salir, discutir, viajar... Se nos hace tan cotidiano que es imposible pensar o decidir nada que no incluya a esa persona. Incluso cuando hacemos algo que sólo nos afecta a nosotros (comprar unas simples bragas, cortarte el pelo o aceptar una invitación de boda por parte de un familiar cercano tuyo) pensamos en esa otra persona con la que compartes la vida.

No sé si conocéis la experiencia única que es la de vivir sin nadie más en casa.

Yo creo que debería ser obligatorio por lo menos una vez en la vida.

Sin hijos y sin padres. Sin pareja. Sin nadie más que contigo mismo. Tú decides, eliges, quieres, piensas y haces. No tener que decirle a nadie dónde vas, con quién ni cuándo volverás. Que te surja algo y que aparezcas por casa dos días después sin tener que avisar a nadie de que no volverás o que tardarás en llegar. No pasa nada por tener que bajar la basura tú sola. Tampoco que tengas que ir tú, y sólo tú, a comprar víveres para subsistir. Que puedas prescindir de cocinar y alimentarte de mierdas varias. Que puedas llevar a casa a quien quieras y sin repetir. Y sin dar explicaciones. Ser la dueña del mando de la tele. La reina de la casa.

Elegir con quién irte de vacaciones o con quién pasar un fin de semana. Encontrarte con la libertad de no encontrarte con un mensaje preguntándote dónde estás ni a nadie ocupando la otra parte de la cama cada día. Abrirte a nuevas oportunidades, a otras personas, que con pareja o en compañía ni te lo plantearías.

Conocerte mejor. Ver de lo que eres capaz. Decidir por ti misma. Quererte en vez de repartir el cariño que antes le dabas a alguien que, seguramente, no apreció. Mimarte. Vaguear. Cuidarte. Cocinarte. Experimentar. Descubrirte. Proponerte. Arriesgarte. Ganar. Perder. Explorar. Ser. Disfrutar.

Vivir sola es maravilloso. M A R A V I L L O S O

Me pregunto si me acostumbraré a vivir otra vez con alguien...

11.4.19

28.3.19

De quejas y quejas.

Sé por qué he estado toda la vida escuchando a los demás sus penas. Sé perfectamente por qué he estado acompañándoles en sus tristezas, animando, consolando y dándoles esperanza. Sé también por qué  me preocupaba por ellos, por todos y cada uno.

Un día pensé: pues creo que tengo un problema. Y, al analizar mi situación, vi horrorizada que ese problema era consecuencia de otro más grande. Y que realmente tenía muchos problemas que, si seguía por ese camino, no iba a resolverlos nunca. Reconocer que se tiene un problema es el primer paso. Lo complicado es dar el segundo.

Mientras seguía escuchando las penas ajenas yo balbuceé alguno de los míos.

Ahí empecé a ver que no había casi nadie que me escuchara, ni que me acompañara, ni que me animara o me diera esperanza. Por lo general, escuché un bueno, estás exagerando, o poniéndome en duda, culpándome de lo que me pasaba... En un principio pensé que menos mal que sólo había contado algo  y no tenían ni idea de todo lo que había más.

Pero no. No era así. Había hecho el esfuerzo de confiarme en unas pocas de esas personas y muy pocas me escucharon realmente. Esas personas, todas, habían visto cómo yo había estado a su lado en sus malos momentos. ¿Y cómo se comportaban cuando era yo la que necesitaba que me escucharan, por lo menos?

Que si exageraba. Que si no era nada. Que era muy raro lo que me pasaba. Que...

Pues no. Yo tenía una inmensa bola de nieve que, si no me apartaba, me iba a aplastar. Y algunas de esas personas intentaban por todos los medios que siguiera en la trayectoria de esa bola, compuesta de muchos problemas. En un principio pensé en afrontarla, creyendo que podría. Luego me acobardé. Luego me hundí por completo.  Y luego pensé: ¿qué es lo peor que me puede pasar ya?

Tengo que dar las gracias a esas personas que sí estuvieron conmigo. No me juzgaron, me escucharon y no buscaron nada a cambio. Tengo que agradecerles hasta que me muera que me acompañaran, que me aconsejaran, que aguantaran mis lágrimas y mis silencios. Porque yo, esa persona fuerte que escuchaba y acompañaba a los demás, tenía mis propios problemas que muy poca gente quiso ver o reconocer.

Así que sí, llegó un día en el que los que no me apoyaron ni estuvieron cuando yo estuve tan mal, los mismos que solucionaban mis cosas con una frase, me seguían contando sus penas y yo les cortaba porque no me interesaba ya escucharles, me aburrían con problema cotidianos que yo, además, también tenía, y así se lo decía.

Yo sé por qué escuchaba a la gente y por qué no suelo escuchar ahora. Sé cuál ha sido la diferencia entre una época y otra, y sé en quién confiarme y quienes pueden confiar en mí lo saben perfectamente también.

Si alguien que nunca se queja empieza a hablar, deja que lo haga. No sabes por lo que puede estar pasando esa persona.

7.3.19

Cruces.

A veces hay caminos que vuelven a cruzarse.

Se cruzan, y se vuelven a cruzar, y se cruzan tantas veces que acaban yendo en paralelo hacia cualquier sitio, no importa dónde porque la compañía era grata y no había prisa para nada. 

Y de repente, se separan, porque sí, porque hay cosas que no duran mucho, pero sí lo suficiente para dejar un bonito recuerdo y desear lo mejor a esa persona que compartió algo muy especial contigo sacando lo bueno que había en ti y yéndose sin llevarse nada, dejándote feliz, tanto como lo eras cuando lo conociste.

Y caminas por cualquier otro sitio conociendo lugares nuevos, cruzándote con otra gente, a veces una vez y otras, varias veces, pero el camino sigue y sigues sin ninguna prisa.

Entonces esa persona tan especial que se cruzó contigo y que procuró ir en paralelo, aparece de nuevo en tu vida y ves que hace lo posible para caminar a tu lado, allanando camino, cortando malezas y refrescándote si hace calor. Procura cobijarte en el frío, saber de ti y hacerte partícipe de su vida. Y mientras camináis sin prisa, porque seguís sin tener prisa para nada, dejas que te quiera otra vez, pero esta vez de forma distinta. Vela tu sueño, abraza tu cuerpo, besa tu sien, te mete en su vida, te mira con sus ojos azules, te regala su gente, te saca la más grande de tus sonrisas y te da paz. Y amor. Y lujuria. Y su vida.

Así que sólo recomiendo que siempre se disfrute del camino, independientemente de su duración, y sin importar lo que pueda durar.

Nunca sabes con quién te vas a cruzar.

27.2.19

Ganando.

Qué ganas de complicarse la vida tienen algunos. Qué ganas de fastidiar, de meterse con otras personas que, o bastante tienen encima con lo que viven, o con gente que está de lo más tranquila.

Qué ganas de hacerle faenas a alguien, que ganas de fastidiar, de malmeter, de complicarle la vida a los demás, sólo por el placer de ver el efecto que causan o, seguramente, por la envidia que les despierta esa persona al poseer algo que ellos jamás podrían conseguir. Y nada mejor que destruir, o intentarlo, autoestimas y tranquilidades que no son suyas.

Qué ganas de crear cosas malas, rumores, problemas, malos rollos, con lo bonito que es saber hacer cosas buenas. Pero no saben, por eso actúan de esa manera, por eso lo hacen por detrás, porque a la cara no se atreven. Los valientes no actúan así.

Qué ganas de aislar a alguien para machacarlo, qué ganas de intentar desprestigiar, forzarle a hacer algo que no quiere o pagarlo con él cuando no le afecta ni es causa de problema. Qué ganas de demostrar lo mala persona que puede llegar a ser.

Ya lo has demostrado, lo habéis demostrado, y no habéis visto resultados. El mundo sigue girando y vosotros no sois el centro de nada, de nadie, porque no sois nadie, por mucho que hayáis, has, intentado eliminar a quien hace sombra. Os cobijáis en gente igual que vosotros para daros la razón, justificar vuestros actos despreciables y queréis no pensar que habéis sido descubiertos y que hay quien sabe la gentuza que sois.

Eso habéis ganado: nada.

Ahora ya sabemos de qué material estáis hechos. De mierda.

7.2.19

Separados por el mundo.

Voy a hablaros de los separados.

Los separados es una especie humana que ha estado viviendo con otra persona a la que le ha echado la culpa de todo lo que le pasaba. No les dejaban salir con los amigos, ir con la bici, jugar al fútbol, ir al bar, jugar a la petanca o irse de señoras. Da igual, siempre ella tendrá la culpa. Su ex, esa pérfida mujer que les ha amargado la vida, quitado la juventud y hecho la vida imposible.

Los separados son diferentes a los otros hombres, porque en cuanto se ven libres de esa horrible mujer a la que le tienen que pasar una pensión por esos niños que no viven con él porque no solicitó la custodia, ni siquiera la compartida, bajo cualquier excusa, deciden que es hora de rehacer su vida. Concretamente lo deciden incluso antes de firmar los papeles del divorcio porque claro, viven en un infierno y tienen que desfogar con otras, pero eso no tiene nada que ver con que esa horrible esposa esté enfadada con ellos, es que no sabe comprenderlos.

Esta clase de personas se dedica a cambiar su vestuario por algo mucho más juvenil. Colores claros, camisetas de grandes letras, aspecto deportivo, se dedican a colgar en redes sociales que han rejuvenecido hasta a los 15 años, poniendo en sus perfiles fotos de lo bien que se lo pasan, siempre sonrientes, felices, enseñando lo bien que están ahora sin esa mujer gruñona con la que, salvo hijos, pensiones e hipoteca, poco o nada más tienen en común. Porque "vuelven" a hacer todas esas cosas que no podían hacer cuando estaban casados con esa bruja que les hacía la vida imposible.

También todos creen que su físico es algo parecido al de George Clooney, Brad Pitt o Hugo Silva, su cuerpo como el de cualquier campeón olímpico de gimnasia y su arte amatoria es incomparable, suprema y que todas las mujeres están deseando probar, puesto que dejan al mismísimo James Deen como un principiante.

Y como se creen libres de tal tormento que ellos jamás causaron ni provocaron, por supuesto, creen que cualquier mujer del mundo está deseando quedar con ellos. Puedo añadir incluso que creen que cualquier mujer que les dirige la palabra quiere estar con ellos. Es más, se creen el centro de todas las miradas: todas las mujeres se tocan pensando en ellos y los hombres los envidian por ser tan machotes, tan libres, tan varoniles...

Son tan varoniles que hacen cosas de hombres, porque los hombres hacen esas cosas. Yo diría que los hombres de verdad no las hacen, pero ellos, en su cabeza, deciden que sí las hacen porque es un reclamo para las mujeres. Hablar del buen sueldo que tienen, el estatus que tiene su puesto de trabajo, mirar las tetas de la persona con la que hablan... vamos, lo normal. Y, sobre todo, creer, convencido, que a ella le gusta escuchar todo cuanto dice y que esas cosas de hombres de verdad no le molestan, porque cómo le van a molestar, si son cosas de hombres.

Los hombres que ellos dicen que son hablan de esas mujeres de forma despectiva. Son simples y vulgares muescas que si no las cuentan no existen para quienes escuchan, por lo que las cuentan aunque no haya habido nada (total, quién lo va a descubrir) y cuentan intimidades si las hay porque total, la que no se va a enterar es ella... o eso creen.

Y algo que también tienen en común es que quieren quedar con esas mujeres que les hacen casito, ya sea por una conversación casual o por cortesía. Es normal que pregunten, o sugieran, que un día podrían quedar a tomar algo, pero que vayan al puesto de trabajo de esa persona, a los lugares en donde suele ir, o se hagan los encontradizos y repitan tú qué haces normalmente (frase recurrente escuchada a varios separados que no se conocen entre sí)  hace que la persona sobre la que vuelan en círculos se sienta incómoda. 

Y si además, tiene vuestro móvil, tranquilas, que hará cuanto esté en su mano para que creáis que es divertido, interesante, encantador, aunque sea más simple y vulgar que un charco de agua sucia. Con el tiempo lo veréis.

Así que, amigas, si alguna vez dais con un especímen así, huid. No perdáis el tiempo en ellos, ni por educación, ni por muy buenos que estén. Son cansinos, arrogantes, repetitivos, y los detectaréis porque TODOS dicen y hacen lo mismo: hacen y dicen lo que sea para que caigáis en sus brazos, pero es que lo hacen con cuantas pueden.

Hay separados que valen la pena, por supuesto. Pero, si os doy un consejo, no hay nada peor que un recién separado. Pagará con vosotras todas las mierdas que "le haya hecho" su malvada ex.

He dicho.

15.1.19

Nota mental

Quitarle la pegatina a la cámara del portátil cuando la vaya a usar.

Mejor me lo tatúo, que siempre se me olvida y pasa lo que pasa.

13.1.19

Que nunca duela

Llevaba mucho tiempo queriendo más de lo que me querían. 

Era una costumbre insana y natural en mí, esclava de mis sentimientos y de otras personas que disfrutaron haciendo daño. Sin saber por qué, siempre estaba en el banquillo esperando mi oportunidad, creyendo que algún día me tocaría ser la afortunada, deseando saber qué era lo que se sentía cuando te elegían. A veces creí saberlo, y la felicidad fue absoluta. Pero no, no lo supe jamás porque nadie me quiso realmente. Nadie quiso afrontar el dolor que causaba, nadie quiso dar la cara sabiendo el daño que hacía y nadie, absolutamente nadie, se paró a pensar en lo que podía estar sufriendo yo. Y algunas veces, unas pocas, me las ví canutas.

Ese reconocimiento que yo esperaba de ciertas personas, ese cariño que yo buscaba, tenía que venir de familia, amigos o relaciones, pero tengo que reconocer que mi insatisfacción fue más grande que lo que me daban. No es que yo siempre quisiera más, es que no me daban lo que yo merecía. No era jamás igualitario, ni justo, ni real. Jugaban a fingir, a aparentar, sólo para que yo no me enfadara y perdieran eso que tuvieran conmigo. Lo que fuera. Y por ello fueron capaces de engañar, mentir, actuar y decir tantas mentiras en privado o en público que me sorprende el descaro con el que hablaban delante de mí, o a mí.

Y nunca era constante, de repente me encontraba con un silencio, un desprecio, un cambio de humor sin venir a cuento que pagaban conmigo, por una mala tarde, una discusión con otra persona, o simplemente por placer. Sabían que yo siempre estaba ahí. Si os digo la verdad, no sé realmente qué esperaba, si ya había detectado que no era yo lo que causaba su malhumor y sí con quien pagaban el pato. Supongo que era el hábito de estar ahí, de querer algo de reconocimiento, no sé. 

Tardé, pero me di cuenta.

Espero que te des cuenta ahora de que, lo que me pasaba a mí, te está pasando a ti ahora.

Dará igual lo que hagas, lo que digas. Siempre serás la última a la que recurran para las buenas cosas, y la primera para las malas. Nunca esperes reconocimiento por estar siempre ahí porque los aplausos siempre los tendrá otra persona que no serás jamás tú, como te han demostrado todo este tiempo. Tú aguantarás malos humores, tristezas, malos días y en cuanto brille de nuevo el sol volverán a dejarte sola. Rellenas vacíos, rellenas huecos. Y no vales para rellenar huecos de nadie, eres demasiado importante y no te mereces ni hacerles sombra.

El amor no duele. Si duele, no es amor. Ni amor, ni amistad, ni cariño ni nada. 

Que nunca duela.


9.1.19

Una bolsa de pipas.

Hay que ver qué barata se vende alguna gente. Por estatus, soledad o por a saber qué motivo es capaz de tragar con muchas cosas que antes juraba y perjuraba que no iba a hacer/tragar y habedlos aquí en posición dispuestos a aceptar gustosos como una ducha todo cuanto antes rechazaban de manera insistente, repetitiva y bajo palabra.

Pero lo niegan cuando se lo recuerdas. ¿Yo he dicho eso? ¡Qué va! Porque es preferible hacer que el otro quede como mentiroso a quedar tú. Y aunque haya quedado por escrito en un mensaje de whatsapp, en gtalk o skype, se seguirá negando la evidencia que los testigos presenciamos y ahora vemos sus cambios.

Y os aseguro que hay que tener una personalidad muy pequeña o un miedo muy grande a la soledad para hacer ciertas cosas de las que los demás mortales huimos como si fuese un incendio, pero sabemos que hay gente que tiene un precio, a veces hasta se lo baja, no sea que al regatear el otro se enfade.

Y los demás comiendo pipas contemplando el espectáculo que da más vergüenza ajena que otra cosa por la que no tenemos intención de mover un dedo porque hablo de gente adulta con suficiente edad para no tenerles que decir que está mal lo que hacen o que miren lo que les está pasando por hacer de tragasables. Pero no, que nosotros no tenemos que meternos.

Así que nada. Que el espectáculo tiene que continuar. Y sigamos comiendo pipas, que el público está más que entretenido.

6.1.19

Año nuevo.

Inauguro este año con algo que puedo escuchar en bucle.

I´m back.





26.11.18

La pala.

Supongo que eres una de esas pocas personas con las que he conectado desde el primer momento. Y digo supongo, porque años, cafés y confidencias después, aquí seguimos, compartiendo secretos, copas y momentos que no se le regalan a cualquiera y sabemos que podemos confiar mutuamente. De hecho, jamás hemos discutido, y cualquier percance que hemos tenido lo hemos solucionado de manera civilizada, sin reproches, con argumentos, y a pesar de todo seguimos con nuestra amistad.

No lo dijiste, pero me di cuenta que pasabas por un mal momento. Tal como te dije, los malos momentos se quedan atrás y nosotros avanzamos, pero quisiste detenerte, sin saber que es lo que no hay que hacer. Pero lo hiciste, y te aferraste al problema mientras quisiste evadirte con otros problemas que no vienen a cuento y que yo, por desconocimiento, o por imaginación, te dije que estaba más que bien refocilarte en ellos, pero que no tenían por qué ser más que temporales.

Nadie sabe nada, nadie de tu entorno imagina siquiera lo que te pasa, y yo te veo llorar intentando ordenar pensamientos, sensaciones y emociones. ¿Qué hago? Tomarte la mano y escuchar en silencio. Hay veces que es mejor callarse y dejar que te desahogues, no tengo por qué decir nada cuando eres tú la que me pide que te escuche, y eso hago. Me pediste silencio y te conté el tuit que decía que un buen amigo es que al que le dices que has matado a alguien y sólo te pregunta si tienes una pala. Te reíste.

Bueno, pues parece que estabas aferrada a una cuerda que no querías soltar, cuando es mejor la leche que te vas a dar que el dolor que estás pasando, la agonía de algo que sólo existe en tus deseos, sentimientos no correspondidos y, sobre todo, la incertidumbre de un futuro que crees o temes peor que el presente que estás viviendo.

Sé que es muy difícil soltar, pero a veces es lo único que hay que hacer cuando ya no puedes más. 

Y hoy me dices que esa cuerda se ha roto, la misma a la que estabas aferrada con una mano como si fuese lo que te diera la vida.

Y no.

Eres de las personas más inteligentes que conozco. Eres una persona con muchas cualidades, proyectos y capacidades. Y estás llena de ilusiones. Y te lo digo, te lo repito, para que veas que es verdad, como si yo te tuviera que convencer, porque no te lo crees. Y te hago reír entre lágrimas, y te hago reflexionar con algunas cosas, porque para decirte mi opinión no hay que ser ni agresiva ni dura. Tal vez veas en mi experiencia que lo que te digo es algo en lo que tienes que reflexionar. No se puede correr tras un fantasma, ni perder nada que no tienes, ni luchar contra lo que no existe.

A partir de hoy enterremos todo ese sufrimiento y esta mala época, que aquí he traído una pala.

6.11.18

Por gilipollas

Ya sabéis que soy gilipollas. Pero eso no es nuevo, sólo os lo recuerdo.

Vamos a hablar de esa gente que aceptó gustosamente toda esa ayuda que le ofrecí, porque se lo merecían. No pensaron en ningún momento que abusaban de mi confianza, de mi empatía o de mi piedad, sino que disfrutaron, abusaron y se rieron de mi buena fe.

El día que dejaron de necesitarme me encontré con desprecio, humillación, burlas o una combinación de todas en diferentes proporciones. Y yo me quejé, y dije que yo era muy buena persona, y que no me lo merecía y todas esas cosas que se dicen cuando te indignas.

Pero aprendí a llevar mejor esas cosas, porque no necesariamente yo los necesito alguna vez en la vida y todos sabemos que el clavo que más sobresale es el que se lleva el martillazo.

Las cosas empezaron a complicarse y yo me puse cómoda. No tenía por qué tomarme tan mal las cosas malas si no habían ocurrido, y no tenía por qué agobiarme si no iba a perder nada que no había poseído nunca. Disfruté del viaje, del camino. Y todas esas personas interesadas que me rodearon se indignaron porque yo no sufría, no me lamentaba, no me frustraba, no lloraba. Y os aseguro que soy una llorona de mierda, pero ahí no tuve ni ganas. Pero vi llorar de agobio y vi llorar de furia a personas que, en vez de alegrarse de mi buena estrella, se lamentaron de no ser ellas. Personas a las que yo ayudé cuando me necesitaron y les ofrecí ayuda cuando las vi mal se ponían así porque era yo a la que le iban mejor las cosas.

Cosas veredes, amigo Sancho.

Bueno, pues con la filosofía de que si yo no te importo, tú quién eres, que no te conozco, seguí caminando dejando buenos actos y malos momentos detrás. Hay que ver lo que da de sí la vida. Me encontré, me descubrí, me reencontré también en esto, y cada reencuentro conmigo misma es todo un acontecimiento. Yo sé ver cosas buenas de la mala gente, hasta que me canso de ser maltratada, pero no había hecho lo mismo conmigo, que soy una caja de sorpresas para mí misma. Y tengo mis neuras, mi genio y mis tonterías, pero con esa gente, que ni se preocupa por mí nada más que cuando me han necesitado o para saciar alguna curiosidad en beneficio propio, se encuentran que estoy de cuerpo presente pero hay un hermetismo tal que no saben bien qué es lo que me pasa, si es que me pasa algo, o qué hago, digo, o dónde estoy, haciendo qué. Además, pierden tiempo de su vida en averiguarlo, demostrándome que soy más importante para ellos que ellos para mí, porque yo ya no me molesto en ellos. Y me siento muy bien.

Vienen tiempos revueltos que no sabemos cómo nos afectará, pero estas personas ya están tomando posición para ver si puedo ayudarles, si pueden sacarme información o pueden apelar a mi compasión o empatía, pero están viendo que no. Que no van a conseguir nada. Y volverán a hacer lo mismo que hicieron otras veces cuando ya no estuve cuando quisieron que sí, pero ya no me afecta y volveré a hacerles callar esa boca. Va a ser una guerra a muerte en la que estas personas se matarán entre ellas e intentarán, de nuevo, como otras veces, que me afecte.

Pero a mí ya no me afecta. Compraré palomitas. Disfrutaré del camino. Volveré a descubrirme sacando esa parte de mí que no tienen y que desean destrozar por esa imposibilidad de poseerla u obtenerla.

Yo no perdí nada, porque no lo tuve nunca.

Estas personas, en cambio, perdieron una buena amiga.

Por gilipollas.

15.10.18

Respira.




This life prepares the strangest things
The dreams we dream of what life brings
The highest highs can turn around
To sow love's seeds on stony ground...







1.10.18

Algo más que un recuerdo

Hoy se ha ido Charles Aznavour. Tal vez no sepáis quién es, pero seguro que conocéis sus canciones.

Se ha ido, pero su recuerdo quedará para siempre.

Su recuerdo en sus canciones.



18.9.18

Penumbra.

Si cierras los ojos cuando hay luz la sigues notando, porque esa oscuridad que se supone que debería haber, en realidad es penumbra.

No sé si me explico. 

Los párpados no terminan de filtrar toda la luz ni hace que seamos capaces de no ver absolutamente nada, ya que aunque no veamos lo que tenemos delante seguimos percibiendo que no estamos a oscuras.

Igual pasa con algunos recuerdos, buenos o malos. Por mucho que cerremos los ojos hay recuerdos, experiencias o personas que siguen ahí, de forma tenue, velada, que por mucho que los neguemos o rechacemos, o tratemos de olvidar o no pensar en ello o en ellas, sabemos que ahí están y estarán, acompañándonos en cuanto nos despistemos, apareciendo en cuanto dejemos la mente relajarse.

Al principio ese rechazo hace que, sin querer, haga que tengas aún más presente lo ocurrido o a esa persona. No puedes dejar de pensar en eso, en él, en ella, o lo que sea, y no tienes por qué estar siempre dándole vueltas a lo mismo cada día, a cada momento. Tienes otras cosas más en qué pensar. Está bien regodearte en el recuerdo de las cosas buenas hasta cierto punto, pero que no lo tengas como referencia para el resto de tu vida ni de tus actos. Y si es algo malo, no tienes por qué refocilarte en ello.

Si decides vivir con ello, no apartarlo de la cabeza y que se quede ahí, como el a ver quién de los dos aguanta más, pues déjalo que paste por el verde prado de tus recuerdos, que se atragante y acabe agotado hasta el punto de no querer volver a salir. Uf, es que es agotador estar siempre pensando en lo mismo si es malo, y si es bueno esa felicidad al recordar dura sólo una temporadita para luego irse toda esa euforia. Así que cuando desaparece ese recuerdo volvemos al punto de la tranquilidad.

Y cuando esos recuerdos se difuminan por el tiempo, en el tiempo, y quieres volver a acordarte, los buenos surgen solos mezclados con añoranza. Los malos tardan más en salir porque ya no estamos tan predispuestos a seguir sufriendo gratuitamente, pero los mantenemos a distancia y apreciamos matices que hacen que nos enfademos más aún, por lo que decidimos aparcarlos, enterrarlos y sólo recordar en casos muy puntuales.

¿Y qué pasa si ese recuerdo lo provoca un objeto, fotografía o detalle? Bueno, todo depende de si es bueno o malo. Y si es malo, depende, de quién era esa persona. Y si esa persona merece la pena o no. Tan fácil como eso.

Yo reconozco que doy más cosas que las que me dan. Bueno, supongo que habrá de todo: gente que regala lo que yo regalo, gente que guarda lo que yo le dé, y gente que use lo que le di. Espero que de todos ellos alguno guarde un buen recuerdo mío, que no me fastidien, que algunos regalos me costaron mucho tiempo de mi vida.

Bueno, que eso. Que si cierras los ojos de día puedes notar esa penumbra. Que los recuerdos los pueden ver a cualquier hora. Que sólo unas cuantas cosas pueden ser atesoradas por lo bien que te hicieron sentir, y te siguen haciendo sentir bien. Y que hay cosas que tienen la misma utilidad que las personas que las regalaron.

Y que yo puedo haber provocado el mismo sentimiento en otras personas.

Pues que se fastidien.


13.9.18

El camino de baldosas amarillas

Cuando yo era jovencita creí como una tonta todas esas historias de amor romántico, que el amor puede doler y que al final triunfa. Durante años me aferré a esa idea, pensando que si el elegido de turno no posaba sus ojos en mí era porque aún no se había dado cuenta, ya se daría, y qué sorpresa se llevaría cuando viera que siempre había estado junto a él. Oh, qué gilipollas.

Mientras todo eso pasaba yo iba conociendo gente con la que tenía pensamientos y actos menos románticos pero la sorpresa fue que más de uno creyó que con una poca de paciencia yo acabaría dándome cuenta de que habían estado siempre  ahí, junto a mí, y yo correría a sus brazos.

Los años pasaron y tuve historias interesantes con gente que, tal vez, no llegaron en el momento adecuado, o tal vez no debieron empezar, pero ocurrieron y ahora forman parte de nuestro pasado. A veces nos hemos cruzado y noto que, al cruzar nuestras miradas, alguno ha esbozado una sonrisa, tal vez recordando lo que no pudo ser alguno, lo que pudo haber sido otro, o alguien que aún sigue pensando que podría haber llegado a más a pesar de haber pasado más de veinte años. El hecho es que durante ese segundo que mantengo la mirada sé que ninguno fue lo suficientemente importante para mí, y que sólo dejaron un recuerdo, mejor o peor, pero que no los eché de menos cuando todo terminó. A ninguno. Relaciones que se rompen que no tienen interés para ti, o relaciones que estaban muertas desde hace mucho. Sobrevives a todo ello sin despeinarte.

Y entonces, cuando crees que ese amor romántico ya va a llegar, empiezan a romperte el corazón. No sé si os ha pasado, a mí un par de veces, pero es de las sensaciones más desoladoras que he sentido, si exceptuamos muertes familiares y tragedias personales. Pero no voy a comparar, claro. Es no poder respirar, es no tener lágrimas suficientes para poder desahogarte mientras caen solas, es no saber cómo quitarte ese peso en el pecho que duele tanto, es no saber qué hacer, cuando más no pudiste ofrecer. Es ver cómo desprecian y se burlan de tus sentimientos, cómo han jugado contigo, cómo han llenado vacíos con tu presencia porque no tenían a nadie más. Cuando pierdes a alguien o te ha pasado algo malo sabes que tienes que seguir adelante, sabes que no depende de nadie, ha sucedido y ya. Pero cuando te rompen el corazón sabes que esa persona lo ha hecho intencionadamente. Incluso se regodean en tu dolor espiando el daño causado, alimentando ese ego que yo no sabía que tenían. Y es cuando te das cuenta que las películas románticas, como las historias de amor, no tienen porqué suceder en la vida real. O por lo menos a ti.

Pero la vida es un bucle. Con el corazón roto, dañado o destruido acabas convirtiéndote en un hombre de hojalata, y las cosas no te afectan tanto, ni te involucras sentimentalmente con nadie, ni te aferras a nadie porque, sencillamente, tienes que aprender a quererte tú primero. Pero que vamos, que también dejas que te quieran de vez en cuando. Y mientras te vas queriendo, y te van queriendo, te vas dando cuenta que hay hombres mucho más interesantes que los que has conocido, con los que puedes hacer lo mismo o mejor sin que te hagan creer que estás en una relación. Con hombres (y qué hombres) que no necesitan que les cuentes lo que haces, dónde, con quién, y con quienes puedes pasar buenos momentos sin compromisos, remordimientos ni promesas. Que no te engañan haciéndote creer otra cosa. Y disfrutas de esas relaciones esporádicas y superficiales mientras centras tu vida en muchos más amigos y en proyectos con los que sí te dejas llevar.

Qué es eso de acabar una relación y empezar otra enseguida, coño, que hay quien no sabe estar solo/a. Eso lo hacen los que olvidan enseguida, los que no quieren o los que se aferran a lo primero que venga, como garrapatas, sacando todo su encanto superficial para retener a la siguiente persona en la que se fijan, no sean que se queden solos. 

Pues ahí está la solución: ya os dije que estuve soltera durante mucho tiempo, sin nadie. No me apetecía, tenía que cuidarme de mí misma, encontrarme, descubrirme, repararme y brillar antes de dejar que alguien me ilusionara otra vez, pero esta vez sabiendo que el presente es lo que cuenta, que las cosas terminan, que disfrute de lo que venga, y que si alguien tenía que ser para mí, lo sería, aunque me quitara de enmedio. Que él sabría cómo y dónde encontrarme. Y que me encontraría.

Y esa gente que me ha acompañado en ese camino me ha enseñado muchas cosas. Gente con la que me cruzo a veces y nos miramos sonriendo porque he aprendido muchas cosas buenas de ellas y les estoy agradecida. Tal vez sea porque yo cambié mi forma de pensar, de actuar, y fui más selectiva. No sé. Lo cierto es que me vino bien, y dejé de ser un hombre de hojalata vacío para tener este corazoncito que late dichoso, esperanzado, ilusionado. Echando una mano a quien lo necesite, como bien he hecho siempre, preocupándome si alguien está pasando un mal momento, y agradeciendo que haya quien se preocupe también por mí, y me quiera.

Y aunque (espero que dentro de mucho) me vuelvan a romper el corazón me sobrepondré otra vez y buscaré de nuevo el camino de baldosas amarillas para encontrarme de nuevo y pidiendo como deseo seguir disfrutando del paseo.

Porque ya sé cómo se hace.