Me acuerdo de que mi abuela tenía la costumbre de tragarse cuanto saliera en la tele. Con ello no quiero decir que viera programa tras programa, sino que estaba completamente segura de que todo cuanto decían en la tele era verdad, todo cuanto saliera en la tele había ocurrido de verdad, y todo cuanto apareciera en la tele era real como la vida misma.
Será cuestión de genes, de parentesco, tradición familiar o a saber qué, pero ahora mismo me siento igual que mi abuela. Lo que salía en la tele era verdad, era real, era cierto.
La única pega es que con la entrada del concierto no tuviera derecho a un bis-a-bis con el susodicho, por lo menos para tocar con mi inocente dedo índice una de sus tetillas, rozarle la barbita, u olerle.
Pero es curioso -muy curioso-, cómo puedes pasar, con sólo su aparición, de cero a cien en 0.000000001 segundo. Y sin gasolina.
Eso sí: menos mal que me gustaba su música desde hacía mucho tiempo. Si no, iba a parecer yo a saber qué.
Qué razón tenía mi abuela. Otro genio incomprendido en la familia... Si me viera ahora, completamente convencida, se sentiría orgullosa de mí. Snif.