Hace unos días, me ofrecieron un puesto de trabajo en una importante empresa de transporte público nacional. La jornada laboral no era lo que yo quería, los días que se trabaja no son los que hubiera deseado, el sueldo es el que me gustaría tener, y tenía dos inconvenientes la oferta: que era temporal, y que era lejos de mi aldea. En otras palabras, que tenía bastante buena pinta. Mi incorporación sería inmediata. La gente se mata por entrar en esta empresa, cosa bastante difícil, debido a esas (secretas) bolsas de trabajo que se crean y que haga que muchos sean los llamados y pocos los elegidos. Y yo, sin comerlo ni beberlo, me encontré con mi nombre danzando entre sus elegidos. ¿Quién introdujo mi nombre en su departamento de personal?
Ante esta oferta, sopesé los pros y los contras. Me tenía que ir a vivir allí, debido a que me resultaría imposible ir y volver el mismo día a este sitio. Humanamente, me sería imposible disponer de un transporte que me dejara a la hora de entrada allí, porque no hay ninguno. Otro tanto ocurría cuando saliera de trabajar por la tarde. Y mientras daba saltos de alegría por dentro, por fuera me daba cuenta de que ese trabajo no era para mí. Lo que ganara por un lado, me lo gastaría en alquiler, y me resultaba especialmente cruel que me fuera a trabajar lejos cuando no me iba a suponer nada definitivo ni me iba a solucionar mis problemas laborales. Así que llamé para cancelar mi visita al departamento de personal, y expliqué mis motivos. No iba a hacerles perder un tiempo precioso para nada. Y sé que estas oportunidades pasan una vez en la vida. Temporales, pero oportunidades.
Por casualidades de la vida, me reencontré en la capi con un viejo compañero de trabajo que no veía desde hacía años. Tenía un trabajo que no le gustaba, estaba muy deprimido y quería desarrollarse profesionalmente. Le hablé de la oferta que yo rechacé. Le dije que se dejara caer por allí. A él le pilla más cerca, debido al detalle de que él vive al lado de la sede de esta empresa. Fue como si le hubieran chutado algo alucinógeno, porque se alegró un montón. Me basé en que si, por casualidad, buscan a alguien fuera de las bolsas de trabajo internas, sería porque no tenían a nadie. Y allá que se fue él. Y, por lo que luego me ha contado, no hay nada como estar en el momento oportuno. Lo demás, es suerte.
Así que seguí buscando por otros derroteros. Dio la casualidad de que conocí a alguien. Este alguien, no me va a dar trabajo, ni me va a solicitar en matrimonio y, por circunstancias, me ha hecho un favor personal enorme así, porque sí. Él no gana nada ni pierde nada por habérmelo hecho, y tampoco me ha pedido nada a cambio, porque estuvo de paso. Pero ha sido tan grande el detalle, que pienso que qué sería de todos nosotros si, como en la película, cuando nos hicieran un favor, nosotros hiciéramos también a los demás, a gente de paso, o gente desconocida.
Así que mientras me surge otra oportunidad laboral, seguiré con mis colaboraciones de limpieza. Porque, como dice mi madre, hay que saber trabajar en cualquier sitio. Y que es de bien nacidos ser agradecidos.
Y, por lo que veo, sé limpiar también muy bien. Y yo soy muy agradecida. ¿Bien nacida, entonces? No sé. Pero de buen rollito. Y esperaré que surja otra cosa que sí que pueda aceptar. Porque me tiene que surgir.
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7.6.07
18.4.07
La buena memoria
Una de las cosas de las que siempre me quejo es que la gente suele tener muy mala memoria. Me refiero a que hay gente que te necesita -te necesita, repito- en un momento dado para que les ayudes -no tienen amigos, necesitan un favor, o cualquier otro tema-, recurren a tí para que les soluciones la papeleta y, cuando ya tienen lo que quieren, te hacen desaparecer del mapa, te lían cualquier pifostio o a saber qué más se les ocurre en sus maquiavélicas mentes, dejándote de lado o destruyéndote en el peor de los casos. No me refiero a que, si haces un favor, te lo estén agradeciendo eternamente cada día del resto de tu vida. Pero si yo he necesitado ayuda de alguien y me ha tendido la mano, lo recuerdo para siempre, porque soy muy agradecida.
Otras veces, he hecho un favor porque ha surgido así, de repente. Volviendo al tema del post anterior, en mi época de cajera, en la centralita teníamos un fax.
Un día se presentó en la tienda un vecino de mi calle, con el que no hablaba nunca, pero porque no teníamos relación. Sólo nos conocíamos de vista. Parecía buscar algo y, al verme, se acercó hasta el mostrador en donde estaba yo, y me preguntó si allí teníamos servicio público de fax. Yo le dije que fax si, pero no para el público. Él me preguntó si sabía dónde podía mandar un fax lo antes posible... Yo miré hacia la tienda... No había moros en la costa... (ni clientes: por eso se cerró la tienda) Me daban igual las cámaras de seguridad, porque sólo enfocaban las cajas, y yo no estaba junto a ellas... Le pedí lo que quisiera mandar, el número de teléfono, y lo mandé. Le devolví lo que me había dado, junto al justificante de envío del fax -en donde sale el día y la hora en que lo mandas, desde qué teléfono y hacia cuál...-. Quiso pagármelo, pero eso lo pagaba la empresa, así que el chico, muy contento, me dio las gracias muy efusivamente, y me dijo que no lo olvidaría.
Pasaron años, en los cuales este chico y yo apenas nos vimos. Sólo nos decíamos alguna vez hola y adiós. Se me olvidó por completo el favor que le hice, porque lo hice, y punto. Pero un día, que tenía que coger el tren muy temprano porque entraba muy pronto a trabajar ese día en el otro hiper de la capi, estaba esperando en la parada del autobús. La calle estaba desierta, apenas pasaba algún coche. Y cuando pasó uno, redujo la marcha al pasar a mi lado, y se detuvo unos metros delante. Salió él del coche y me dijo:
-¿Vas a la estación? Te llevo.
Yo sabía que él cogía el tren todos los días porque su madre le dijo a la mía que estaba trabajando en la capi, como funcionario, así que no me lo pensé, y subí con él. Le agradecí que me llevara, porque me estaba dando miedo estar sola a esas horas en la parada del autobús. Y él, me dijo algo:
-Verás, hace tiempo necesitaba mandar un fax para tomar posesión de mi puesto de funcionario y una chica que trabajaba en un hipermercado me hizo un gran favor...
Me quedé muerta. Él recordaba lo que sucedió y yo, hasta ese momento, lo había olvidado por completo. Le dije que no me costaba nada hacer un favor, y él me contestó que tampoco le costaba a él hacérmelo a mí.
Actualmente, es una de las personas que más me anima a seguir con las oposiciones, y me regaña cuando he suspendido alguna, pero me felicita cuando supero un examen. Ahora me dice que ya he metido la cabeza en la administración pública, sólo tengo que esperar que me llamen, de lo que sea, pero que me llamen, pero que no me lo deje.
No me lo dejaré, puedes estar seguro. Pero tampoco olvidaré que tú también tienes buena memoria... y me alegra pensar que todavía existe gente como tú.
Otras veces, he hecho un favor porque ha surgido así, de repente. Volviendo al tema del post anterior, en mi época de cajera, en la centralita teníamos un fax.
Un día se presentó en la tienda un vecino de mi calle, con el que no hablaba nunca, pero porque no teníamos relación. Sólo nos conocíamos de vista. Parecía buscar algo y, al verme, se acercó hasta el mostrador en donde estaba yo, y me preguntó si allí teníamos servicio público de fax. Yo le dije que fax si, pero no para el público. Él me preguntó si sabía dónde podía mandar un fax lo antes posible... Yo miré hacia la tienda... No había moros en la costa... (ni clientes: por eso se cerró la tienda) Me daban igual las cámaras de seguridad, porque sólo enfocaban las cajas, y yo no estaba junto a ellas... Le pedí lo que quisiera mandar, el número de teléfono, y lo mandé. Le devolví lo que me había dado, junto al justificante de envío del fax -en donde sale el día y la hora en que lo mandas, desde qué teléfono y hacia cuál...-. Quiso pagármelo, pero eso lo pagaba la empresa, así que el chico, muy contento, me dio las gracias muy efusivamente, y me dijo que no lo olvidaría.
Pasaron años, en los cuales este chico y yo apenas nos vimos. Sólo nos decíamos alguna vez hola y adiós. Se me olvidó por completo el favor que le hice, porque lo hice, y punto. Pero un día, que tenía que coger el tren muy temprano porque entraba muy pronto a trabajar ese día en el otro hiper de la capi, estaba esperando en la parada del autobús. La calle estaba desierta, apenas pasaba algún coche. Y cuando pasó uno, redujo la marcha al pasar a mi lado, y se detuvo unos metros delante. Salió él del coche y me dijo:
-¿Vas a la estación? Te llevo.
Yo sabía que él cogía el tren todos los días porque su madre le dijo a la mía que estaba trabajando en la capi, como funcionario, así que no me lo pensé, y subí con él. Le agradecí que me llevara, porque me estaba dando miedo estar sola a esas horas en la parada del autobús. Y él, me dijo algo:
-Verás, hace tiempo necesitaba mandar un fax para tomar posesión de mi puesto de funcionario y una chica que trabajaba en un hipermercado me hizo un gran favor...
Me quedé muerta. Él recordaba lo que sucedió y yo, hasta ese momento, lo había olvidado por completo. Le dije que no me costaba nada hacer un favor, y él me contestó que tampoco le costaba a él hacérmelo a mí.
Actualmente, es una de las personas que más me anima a seguir con las oposiciones, y me regaña cuando he suspendido alguna, pero me felicita cuando supero un examen. Ahora me dice que ya he metido la cabeza en la administración pública, sólo tengo que esperar que me llamen, de lo que sea, pero que me llamen, pero que no me lo deje.
No me lo dejaré, puedes estar seguro. Pero tampoco olvidaré que tú también tienes buena memoria... y me alegra pensar que todavía existe gente como tú.
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