Ayer, mientras Anacleta -¡eh! ¡cuánto tiempo!- y yo comíamos, hablábamos en la capital del reino sobre el tema de la privacidad. Las dos nos referíamos a que los demás, en mayor o menos grado, pueden saber muchas cosas de nosotras, o casi todo. Pero siempre había algo que no queríamos compartir, que es nuestro secreto, por decirlo de algún modo. Ese secreto es la libertad de leer lo que una quiera, o de hacer cualquier cosa sin tener que explicar los motivos de ello a nadie, ya sea porque no se lo digamos, o porque no queremos que nadie más se entere.
Aunque esto parezca alarmante, todos necesitamos un trozo de intimidad en donde podamos hacer lo que queramos -nada ilegal o preocupante, me refiero- sin que nadie esté observándonos. No queremos tener testigos, no queremos que nadie sepa a qué nos dedicamos en ese rato que queremos estar alejadas del mundo, queremos y necesitamos esa privacidad. Es como la manía que hemos tenido todos de encerrarnos en nuestra habitación y que nadie entre. Lo mismo estabas en la cama tumbada, mirando el techo, pero no querías que nadie supiera que estabas mirando el techo, no por nada, sino porque no siempre quien te rodea tiene que saber que miras el techo. Y esos ratos, yo los valoro mucho, porque a veces mirar el techo (por seguir con ese ejemplo) es hacer lo que uno quiere sin tener que dar una explicación, sin tener que escuchar "¿qué haces?" o "¿qué has hecho?", sin tener a nadie detrás que tenga que saber necesariamente qué estoy haciendo a cada momento, o ver qué he estado leyendo o haciendo.
Hace ya tiempo que yo me he vuelto territorial, y necesito estar sola. Durante media hora al día -¡por lo menos!- quiero disfrutar de ese ratito que no me solucionará la vida ni eliminará el hambre del mundo, pero que valoro porque me siento libre, porque es un tiempo que me dedico a mí misma, para mí, y no tengo que dar explicaciones a nadie. Si alguien me viera durante ese momento, no pensarían nada raro, pero si escribo una novela -que la escribo, para mi uso y disfrute- no tengo porqué tener una cabeza sobre mi hombro leyendo lo que escribo. Si estoy escribiendo un correo, no aguanto que entren en mi habitación a guardar la ropa y miren la pantalla del ordenador. Si estoy en el baño haciendo cualquier cosa -un buen ejemplo- no quiero que nadie vea qué hago, si me afeito las piernas o estoy sentada en la taza.
Supongo que a todos nos pasará lo mismo. Podemos confiarnos más o menos con los demás pero, en mi caso, si mi confianza se divide en bloques, nunca los entrego en su totalidad a la persona que goza de mi confianza, pero eso le pasa a todo el mundo. Alguien puede tener un bloque, o cinco, pero si yo tuviera diez bloques, como máximo entrego nueve. Nueve y medio, mejor dicho. Y ese medio es el que me sirve para gozar de mi soledad, para estar en mi mundo, con mis chorradas o mis problemas, en donde rumio acontecimientos, en donde escribo una novela o en donde busco información sobre la gestión de contenidos. En donde descubro un nuevo blog, o donde me depilo las cejas. O donde limpio mis zapatos con betún y cepillo de forma parsimoniosa y cansina, o donde decido que quiero estudiar tal cosa. Es como cuando me llaman al móvil y, antes de decirme el motivo de su llamada, me preguntan ¿dónde estás? sin haber quedado conmigo. Es algo que me pone de los nervios. En esos casos, podría contestar perfectamente que me encuentro sentada en la taza con los pantalones bajados hasta los tobillos, pero lo que hago es preguntar si quiere algo. Aunque estuviera cagando, no le importa.
Hagas lo que hagas en esos momentos no tiene que ser necesariamente conocido por los demás. Tal vez por esa territorialidad que ahora tengo, por esa manía que he adquirido, puedo confiar nueve bloques y medio de mí a las personas, como máximo, pero ese medio bloque es mío, sólo para mí. Anacleta estaba de acuerdo, porque a ella le pasaba lo mismo. Y supongo que a los demás también.
Y si encuentras a alguien y le confías esos nueve bloques y medio... ¿porqué hay quien quiere saber qué hay en ese trocito que no muestras? ¿Acaso esa persona te muestra todo de ella?
Yo he confiado a muy pocas personas nueve trozos y medio de mí. La media con los demás oscila entre siete y ocho, porque siempre he sido bastante confiada con la gente -y así me ha ido jeje-. Algunas han rozado el nueve. Pero el nueve y medio lo han tenido muy pocas personas. A veces he pensado que eran demasiadas, o que no se lo merecían. Pero yo soy así. Prefiero ver que me he equivocado al hacer algo, que arrepentirme por no haberlo intentado y quedarme con la duda.
Pero ese trocito que no comparto es lo que desde siempre me he guardado. No sé porqué, pero ahora me alegro de haberlo guardado para mí. Hay gente que ha querido saber más, ha habido gente que ha ignorado esa parte, pero desde luego está lejos, muy lejos, del alcance de cualquiera.
Y aunque, hoy por hoy, haya gente que quiere ir conociéndome los bloques y lo que no son los bloques -joer con la primavera, qué alterada tiene a la gente-, tengo claro que jamás de los jamases renunciaré a esa privacidad.
Porque no necesitas tener problemas para evadirte de lo cotidiano y encerrarte en tí misma. Lo único que necesitas es estar tranquila y sola. Y yo eso, lo valoro mucho.
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19.4.08
10.2.08
Mejor en compañía.
Esta tarde he estado con mi prima, que tiene problemas. Ha estado llorando como no la había visto nunca. Al intentar consolarla, sin querer me he venido abajo yo también y hemos estado llorando las dos juntas, a moco tendido. Luego nos hemos reído. Y hemos vuelto a llorar. Y hemos reído de nuevo. Y nos hemos inflado a llorar otra vez.
Cuando la cosa ya parecía que se calmaba, me ha sugerido que nos fuéramos a tomar algo para despejarnos. Pero es que yo tengo un grave problema cuando lloro: que se me nota demasiado. Cuando lloras, se te hinchan los ojos. A mí, mucho más que a cualquier mortal. Y a mis ojos hinchados por el llanto les pasa lo mismo que a las arrugas que se me marcan en la cara por la almohada: que tardan horas en desaparecer. Y como no quería salir con esa pinta a la calle, he preferido quedarme en su casa intentando ponerme hielo para rebajar el asunto y que nadie me viera en tan lamentable estado.
Entonces ella ha sugerido que viéramos una película. Ya puestos... he sugerido ver Más allá de los sueños. Tras casi ahogarnos con nuestras lágrimas, hemos rematado la sesión con La vida es bella.
Joer... es que lo que no hagas por la familia...
Cuando la cosa ya parecía que se calmaba, me ha sugerido que nos fuéramos a tomar algo para despejarnos. Pero es que yo tengo un grave problema cuando lloro: que se me nota demasiado. Cuando lloras, se te hinchan los ojos. A mí, mucho más que a cualquier mortal. Y a mis ojos hinchados por el llanto les pasa lo mismo que a las arrugas que se me marcan en la cara por la almohada: que tardan horas en desaparecer. Y como no quería salir con esa pinta a la calle, he preferido quedarme en su casa intentando ponerme hielo para rebajar el asunto y que nadie me viera en tan lamentable estado.
Entonces ella ha sugerido que viéramos una película. Ya puestos... he sugerido ver Más allá de los sueños. Tras casi ahogarnos con nuestras lágrimas, hemos rematado la sesión con La vida es bella.
Joer... es que lo que no hagas por la familia...
15.2.07
Conversaciones ajenas
Hay veces que, sin querer, acabas escuchando una conversación en la que tú no participas. Pero como la conversación es interesante, vamos, que trata de alguien que conoces, acabas abriendo la oreja más que la longitud del Tajo.
En cuanto escuchas algo de alguien a quien conoces, pueden pasar dos cosas: que sea malo, o que sea alegre. Hasta divertido, incluso. Yo soy curiosa, lo justo para no morirme, pero tengo que reconocer que no tengo aún el grado de cotilla (si me caen mal, pues entonces sí), por lo que dejo los detalles personales para otros. En cambio, cuando pasa cerca de mí una información suculenta, intento enterarme de todo, cuanto más mejor. Oir, ver y callar, es mi máxima. Finjo muy bien, nadie sabría si sé o no algo.
Una de las conversaciones ajenas tristes que escuché fue la de unas chicas, que comentaban la muerte del hijo de una conocida. Tras una enfermedad fulminante con signo zodiacal, la mujer veía cómo su hijo se marchitaba. Cuando todo terminó, la mujer no quiso deshacerse de sus cosas y guardaba como un tesoro todo aquello que le recordara a él. Una de las cosas que se pierden con la muerte de una persona es su aroma. Y otra, su voz. Ella tenía el teléfono móvil de su hijo, en donde el chico había cambiado el mensaje del contestador, para hablar él. Lo que pasó, es que el móvil, de prepago, estuvo todo el tiempo sin recargar, y anularon la tarjeta. La mujer no quiso perder la voz de su hijo, por lo que llamó a la compañía y explicó lo que quería: recuperar el mensaje, con la voz de su hijo. La compañía -ahora no recuerdo cuál era, porque se merecería una publicidad por el hecho-, le recuperó el mensaje, y la mujer puede seguir disfrutando de esa voz.
Yo estaba en el tren, a espaldas de ellas. A medida que hablaban, se me llenaban los ojos de lágrimas. Tragué saliva, respiré hondo... yo no podía llorar así, porque sí, en un sitio público, aparentemente sin motivo... Cuando me dí cuenta, ví ojos llorosos a mi lado, enfrente de mí. Algunos también habían escuchado también la conversación. ¿Para qué aguantarnos? Entre sonrisas de complicidad, acabamos llorando lo más silenciosamente posible (más que nada, para que no se diera cuenta el resto del tren), y nos desahogamos un poquito. Cuando bajamos del tren los de mi estación, más que de la capital, parecía que veníamos de un funeral y que nos habían pegado una paliza: ojos hinchados, nariz hinchada... Una pena, oiga.
Otra anécdota fue más divertida. Pero esta vez era yo la que hablaba. En resumen, le contaba a una amiga que otro amigo, con un éxito más que importante con las chicas, el día de Nochevieja de ese año se puso las botas. Había venido con nosotras, trayendo a sus amigos consigo. Bueno, pues era taaaaan solicitado, que cada vez que se cruzaba con una chica que conociera... ella le daba un filetazo para felicitarle el año nuevo. Yo alucinaba. Veía a todas las chicas, sin conexión entre sí, y rivales al mismo tiempo, cómo lo felicitaban de la misma manera, fuéramos donde fuéramos, metiéndole la lengua hasta la campanilla. Yo hablaba partiéndome de risa en un bar, y me dí cuenta que el camarero, que limpiaba la mesa de al lado, tardaba cinco minutos más de lo normal en limpiar la mesa. Y no se iba, no. Así que llegué al final de la historia: en una de las ocasiones, otra chica se acercó a él. Yo ya había contado catorce chicas, por lo que se trataba de la número quince (fifhteen, ¿no?), que se acercó lentamente a él, y le dijo:
-Feliz año nuevo...-voz seductora, se acercó despacio... y le pegó un beso que duró más de un minuto (pero mi amigo, encantao)
Entonces llegó, cómo no, una amiga de la susodicha:
-¡Tía! ¡Que lo vas a ahogar!
El camarero soltó una pedorreta, aguantándose la risa, para salir corriendo hacia la barra, en donde yo lo veía troncharse solo, parapetao detrás del surtidor de cerveza.
Cuando fuimos a pagar, el chico seguía riéndose (también denominado ataque de risa). Yo le sonreí:
-¿Conoces a mi amigo, no?
-Claro, claro que lo conozco... Qué cabr*n...
La mejor conversación fue la que escuché un día, por la calle, esperando a una amiga. Al lado de donde yo estaba esperando, hay una carnicería. No estaba abierta, pero sí que estaban dentro. Escuché voces. Eran suegra y nuera (muy conocidas por aquí por sus distinguidos y exquisitos modales) discutiendo:
N-¡Pues si tu te sientas, yo me siento!
S-Esto es mío, y si yo te digo que no te sientes, no te vas a sentar...
N-Yo no estoy aquí para hacer cosas, mientras tú te tocas las narices...
S-Mira: te pago a diez euros la hora para que hagas lo que yo te diga. Y si yo te digo friega, vas a fregar. Si yo te digo saca la carne, la vas a sacar. Y si te digo todo eso mientras estoy sentada, lo vas a hacer, porque para eso te pago.
N-¡Ni hablar! ¡Si tú te sientas, yo me siento!
S-¡Mira! ¡Tú no eres nadie para sentarte! ¡Y yo me siento porque me sale del c*ño, porque para eso la carnicería es mía!
Así que muchas veces vale la pena no escuchar lo que están hablando los demás, porque pueden suceder dos cosas: que acabes dándole vueltas a una cosa que no te agrada y te quedes con el problemas ajeno, por lo que nadie entenderá esos ojos rojos y llorosos, o que acabes riéndote sola enmedio de la calle, y que la gente que pase y te vea, piense que estás p´allá.
O lo mismo el que habla se entera de que estás escuchando y cambie el tema. Y así, pierde interés la cosa.
En cuanto escuchas algo de alguien a quien conoces, pueden pasar dos cosas: que sea malo, o que sea alegre. Hasta divertido, incluso. Yo soy curiosa, lo justo para no morirme, pero tengo que reconocer que no tengo aún el grado de cotilla (si me caen mal, pues entonces sí), por lo que dejo los detalles personales para otros. En cambio, cuando pasa cerca de mí una información suculenta, intento enterarme de todo, cuanto más mejor. Oir, ver y callar, es mi máxima. Finjo muy bien, nadie sabría si sé o no algo.
Una de las conversaciones ajenas tristes que escuché fue la de unas chicas, que comentaban la muerte del hijo de una conocida. Tras una enfermedad fulminante con signo zodiacal, la mujer veía cómo su hijo se marchitaba. Cuando todo terminó, la mujer no quiso deshacerse de sus cosas y guardaba como un tesoro todo aquello que le recordara a él. Una de las cosas que se pierden con la muerte de una persona es su aroma. Y otra, su voz. Ella tenía el teléfono móvil de su hijo, en donde el chico había cambiado el mensaje del contestador, para hablar él. Lo que pasó, es que el móvil, de prepago, estuvo todo el tiempo sin recargar, y anularon la tarjeta. La mujer no quiso perder la voz de su hijo, por lo que llamó a la compañía y explicó lo que quería: recuperar el mensaje, con la voz de su hijo. La compañía -ahora no recuerdo cuál era, porque se merecería una publicidad por el hecho-, le recuperó el mensaje, y la mujer puede seguir disfrutando de esa voz.
Yo estaba en el tren, a espaldas de ellas. A medida que hablaban, se me llenaban los ojos de lágrimas. Tragué saliva, respiré hondo... yo no podía llorar así, porque sí, en un sitio público, aparentemente sin motivo... Cuando me dí cuenta, ví ojos llorosos a mi lado, enfrente de mí. Algunos también habían escuchado también la conversación. ¿Para qué aguantarnos? Entre sonrisas de complicidad, acabamos llorando lo más silenciosamente posible (más que nada, para que no se diera cuenta el resto del tren), y nos desahogamos un poquito. Cuando bajamos del tren los de mi estación, más que de la capital, parecía que veníamos de un funeral y que nos habían pegado una paliza: ojos hinchados, nariz hinchada... Una pena, oiga.
Otra anécdota fue más divertida. Pero esta vez era yo la que hablaba. En resumen, le contaba a una amiga que otro amigo, con un éxito más que importante con las chicas, el día de Nochevieja de ese año se puso las botas. Había venido con nosotras, trayendo a sus amigos consigo. Bueno, pues era taaaaan solicitado, que cada vez que se cruzaba con una chica que conociera... ella le daba un filetazo para felicitarle el año nuevo. Yo alucinaba. Veía a todas las chicas, sin conexión entre sí, y rivales al mismo tiempo, cómo lo felicitaban de la misma manera, fuéramos donde fuéramos, metiéndole la lengua hasta la campanilla. Yo hablaba partiéndome de risa en un bar, y me dí cuenta que el camarero, que limpiaba la mesa de al lado, tardaba cinco minutos más de lo normal en limpiar la mesa. Y no se iba, no. Así que llegué al final de la historia: en una de las ocasiones, otra chica se acercó a él. Yo ya había contado catorce chicas, por lo que se trataba de la número quince (fifhteen, ¿no?), que se acercó lentamente a él, y le dijo:
-Feliz año nuevo...-voz seductora, se acercó despacio... y le pegó un beso que duró más de un minuto (pero mi amigo, encantao)
Entonces llegó, cómo no, una amiga de la susodicha:
-¡Tía! ¡Que lo vas a ahogar!
El camarero soltó una pedorreta, aguantándose la risa, para salir corriendo hacia la barra, en donde yo lo veía troncharse solo, parapetao detrás del surtidor de cerveza.
Cuando fuimos a pagar, el chico seguía riéndose (también denominado ataque de risa). Yo le sonreí:
-¿Conoces a mi amigo, no?
-Claro, claro que lo conozco... Qué cabr*n...
La mejor conversación fue la que escuché un día, por la calle, esperando a una amiga. Al lado de donde yo estaba esperando, hay una carnicería. No estaba abierta, pero sí que estaban dentro. Escuché voces. Eran suegra y nuera (muy conocidas por aquí por sus distinguidos y exquisitos modales) discutiendo:
N-¡Pues si tu te sientas, yo me siento!
S-Esto es mío, y si yo te digo que no te sientes, no te vas a sentar...
N-Yo no estoy aquí para hacer cosas, mientras tú te tocas las narices...
S-Mira: te pago a diez euros la hora para que hagas lo que yo te diga. Y si yo te digo friega, vas a fregar. Si yo te digo saca la carne, la vas a sacar. Y si te digo todo eso mientras estoy sentada, lo vas a hacer, porque para eso te pago.
N-¡Ni hablar! ¡Si tú te sientas, yo me siento!
S-¡Mira! ¡Tú no eres nadie para sentarte! ¡Y yo me siento porque me sale del c*ño, porque para eso la carnicería es mía!
Así que muchas veces vale la pena no escuchar lo que están hablando los demás, porque pueden suceder dos cosas: que acabes dándole vueltas a una cosa que no te agrada y te quedes con el problemas ajeno, por lo que nadie entenderá esos ojos rojos y llorosos, o que acabes riéndote sola enmedio de la calle, y que la gente que pase y te vea, piense que estás p´allá.
O lo mismo el que habla se entera de que estás escuchando y cambie el tema. Y así, pierde interés la cosa.
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